La Historiadora de Alemania

Cuando uno quiere escribir un libro puede tener muchos personajes en la mente, y por supuesto, puede tenerlos a la mano también. Puede el escritor hablar sobre sus amigos, sobre su familia, sobre su amor, sobre su amada que no es igual a su amor, puede escribir narcisistamente sobre él mismo, o ilusionadamente puede escribir sobre lo que sueña o lo que le gustaría que hubiera sucedido en determinados momentos; y es que, esa es la magia de los libros, de la narración, uno puede escribir cosas reales o irreales, pero –creo- que al conjugar lo real con lo irreal se hace una mezcla preciosa, irrompible según algunos, extraña y seria a la vez. Supongo, que a algunos les gusta esto porque sienten, luego de leerlo, que en cualquier momento su vida puede dar un giro inesperado, o, su vida puede no ser la que ellos o ellas creyeron siempre. La gente, se siente un personaje más muchas veces dentro de esa historia que puede estar o no sucediendo; un personaje secundario, extraño al narrador, al escritor, al protagonista, etc. Mi historia, o mejor dicho, la que contaré, es todo lo contrario a eso de un personaje más, pues, el personaje principal es en realidad un completo extraño –corrijo- completa extraña.

Si, aunque muchos no lo entiendan, quiero y siento que tengo que contar una historia sobre una extraña, una que me llamó la atención tan solo quince minutos, muy poco si uno se pone a pensar en todos los quinces minutos que tiene el día, e incluso ir más allá, y pensar en todos los quinces minutos que tiene la vida de uno, y al comparar esos quince minutos, con los otros quinces minutos que viví, fueron –probablemente- los quince minutos más intensos en toda aquella semana, en toda mi vida adolescente. Fueron los quince minutos en que intenté concentrar más mi oído inspirado. Fueron los quince minutos en que intenté retener la mayor cantidad de información en mi poco receptiva memoria.

Tengo breves recuerdos de sus ropas; de su acento y su rostro no, eso es lo que mejor recuerdo; menos aún olvido su bolso, uno de esos de cuero que se ocupaban antes, un tiempo después de la época hippie, cerca de los setenta y tanto y los ochenta. Quizá, pueda olvidar todo eso, pero solo quizá, pero estoy más que seguro que jamás olvidaré a lo que se dedicaba. Y es que, recuerdo tan bien mi sensación cuando oí entre un alemán queriendo ser español y un español mal conjugado las palabras más melódicas en un idioma extranjero. ‘’Dígale que soy la historiadora de Alemania’’. Creo que mis ojos brillaron más que cuando me siento enamorado, creo en la existencia de unos cortos momentos en que uno como persona alcanza un grado –pequeño o alto, eso no lo sé- de felicidad, y al oír que era historiadora me sentí profundamente sumergido en uno de esos momentos felices; hasta ese entonces no me agradaba Alemania, pero ella, al ser tan inocente e indefensa –tal vez- en ese momento, me hizo replantearme mi visión sobre el pueblo alemán; jamás creí encontrarme en una oficina jesuita con una historia y mucho menos con una historiadora alemana. Llevaba en mi mente aún el recuerdo de pasar por fuera del edificio de Historia y Geografía de Chile, y ella hizo que aquella ciencia se aferrara no solo a mi mente, sino que por fin profundamente se aferrara y arraigara en mi corazón. A lo mejor, ese día estaba irremediablemente abierto a las sensaciones, a sentir cosas, y no estaba activo racionalmente, solo emocionalmente; ese, si es que fue un factor, fue un factor importantísimo para poder verla como la vi, para poder sentir sus palabras, para poder oírla no con los oídos, sino que oírla con el corazón, con el verdadero Javier que existía dentro de mí. Hubiera servido de inspiración para cualquier otro que la hubiera visto, solo visto; para un Neruda habría sido una musa extranjera, una mujer descomunal y completamente fuera de lugar y tiempo. Para Platón, la filosofía hecha cuerpo, hecha mujer, la filosofía hecha cuerpo y alma, ella sería el fin de su teoría de dos mundos, uno perfecto y no imperfecto, ella sería una aberración para el mundo sensible, demasiado para simples mortales que solo valoran cosas corporales, tangibles; mientras que para su mundo perfecto, su mundo inteligible –creo- que sería demasiado para estar acá y demasiado para estar allá; sería un bella, una muy bella excepción a la regla; estaría perdida en ambos lugares, no es perfecta, pero tampoco imperfecta, y eso es lo que la hace bella.

Hasta ese momento, en que oí las palabras, ella lloraba sola, la señora de la recepción le ofreció un vaso con agua y azúcar, mi sensación era extraña, la vi tan mal, tan triste, tan sufrido y real su llanto, que dieron mil ganas de querer abrazarla, solo para intentar calmarla, solo para ver si así dejaba de temblar mientras lloraba, o tal vez, lo quería solo para sentirme útil y no estar sentado como un trozo de universo mirando como alguien lloraba. En un momento, tuve que dejar de mirarla de reojo, sentí que mi mente se hacía morbosa cada vez que la veía derramar más y más lágrimas de sus verdes ojos, de sus iluminados ojos. Diría que lloraba como una Magdalena, pero ella queda minimizada y menuda al lado de la historiadora de Alemania. Mi mirada fija en la alfombra roja con uno que otro detalle en verde o en amarillo. Solo movía mi vista un poco, no para mirarla, sino que para no parecer un tonto mirando siempre lo mismo; subía la vista por la pata de la simple mesa de centro que había en medio de la acogedora recepción; lucía un macetero con una plata sobria y alegre a la vez –no recuerdo si era sintética o natural- solo recuerdo que era distinta a la que estaba en macetero verde apoyada en el largo y angosto mesón de la recepción, que no tenía ningún letrero de recepción, pero se entendía por el teléfono que sonaba periódicamente y que contestaba agradablemente la señora, la cual vestía un chaleco beige, del mismo tono que las monjas de la congregación de mi eterno colegio, un beige que era totalmente monótono, pero que si fuera más oscuro caería erróneamente en lo serio mas, si fuera un poco más claro sería algo festivo, a lo cual no me opongo pero al parecer las monjas si. El resto de la oficina tenía lo que tenían todas las oficinas, sillones para la gente, seis como en poco lugares; una ventana que vibraba con cada auto, moto, bus, taxi que pasaba por Padre Alonso de Ovalle; a la puerta se le quitaba el seguro con un retraído botón que se activaba bajo la mesa de la señora de beige.

El llanto de la historiadora de Alemania seguía latente en mis oídos aunque no la miraba, aunque intentaba no escucharla, tal vez, para no sentir que mi veintidós de julio era vacío, para no sentir que mi veintidós de julio era en vano.



Volví a quitar la mirada de la mesa, y ahora mis ojos eran atraídos por una figura de Jesucristo que estaba a mi costado derecho; reluciente rostro, pintura típica de figura religiosa acaso de la época del medio evo; un rojo para la tela que le caía de los hombros, un blanco amarillento que lo cubría del cuello hasta los tobillos; las manos al aire al igual que sus pies, un tono rosa muy similar al natural del común de la gente de occidente; noté –inconscientemente- que las uñas estaban pintadas pero no con un color exuberante, sino más bien, un tono verdaderamente de uñas. Apoyado el Cristo en una base de cemento –probablemente- incrustada en lo profundo del muro; (algo así como las cabezas clavas de años viejos de América Latina) pintado acertadamente de un verde azulado, un color suave y quieto, oportuno para una oficina de la iglesia San Ignacio. Los sillones del momento eran de madera de quién sabe qué árbol; los cojines de los cómodos sillones combinaban eficazmente con el verde azulado de la muralla. Todo resultaba extrañamente acogedor, hasta que entró una alta mujer, eventualmente de un metro setenta y cinco o un metro ochenta; un cabello corto, rubio reluciente, casi cayendo en ese amarillo muy claro; poseedora de unos ojos claros, azules o verdes –un detalles que no recuerdo a la perfección, pero que a partir de ahora serán claros- que lo único que hacían más que ver, era vaciar lágrimas en conjunto con la pena y quizá la impotencia de una historiadora; vestía unos pantalones cuadriculados finamente, con rayas café claro y blanco, enmarcadas en un café tradicional, sobrio, como de historiadora; la parte de arriba, una chaqueta, seguía la misma línea que el pantalón, bajo esta, no lo sé, era justa y precavida en su escote, en el cual no presté mucha atención, me llamó más la atención su altura, su cabello, sobre todo, su llanto, su abatido y afligido llanto; unos zapatos entre ejecutivos y deportivos, con un poco de taco, pero en poca cantidad, sin abundancia ni hundiéndose en lo tradicional; lentes, quizás, no lo recuerdo bien. Lo importante de esto es que esta mujer, desconocida, anónima para mí, estaba llorando, y una extraña sensación en mi interior quería socorrerla.



Cuando su llanto ya llenaba toda la oficina, llegó alguien a hablar con ella. Era el cura Arteaga, que al parecer la conocía hacía ya tiempo. Era un cura anciano, seguramente bordeaba los ochenta y cinco o noventa años; el pelo canoso, tan blanco como las estrellas en la noche; llevaba una parca para capear el frío de la media tarde; unos pantalones oscuros muy bien planchados, quizá por él, quizá por alguna empleada del lugar; sus ojos mostraban años de historia y años de vida, presentaban ese tierno brillar de la gente ya mayor, ese brillar en que uno sabe que es una autoridad no eclesiástica, ni autoridad gubernamental, sino que es una autoridad como persona, solo por tener esa edad, y tener ese brillo en los ojos. En cuanto lo vio, lloró aún más fuerte, pero no más complicada. Tal vez, su llanto pasó de ser de pena a ser de emoción, emoción de ver a alguien que la podía ayudar, emoción de ver a alguien que tenía la capacidad de poder consolarla, algo que yo quería hacer por dentro, pero que en mi rol de desconocido no correspondía.

Entró a una dependencia que había junto a la puerta de entrada con muchas dificultades. Entre dos personas tuvieron que ayudarla a entrar. En ese momento, creo que me tranquilicé un poco, ya estaba en buenas manos quizá, no lo sé; solo sé que me tranquilicé, aunque mantuve mi audición atenta a lo que sucedía adentro, pues estaban con la puerta abierta.

Minutos más tarde, cortos minutos más tarde se escuchaban risas tiernas desde la pequeña dependencia donde estaba ella con el cura Arteaga. Al inicio pensé que eran grandes y largos suspiros de su intermitente lamento, pero cuando agudicé mi oído, noté y diferencié, por suerte, que eran risas de ella.

Estaba mucho más tranquila, mucho más a gusto.

Me encantaría volver a verla, y saber que ya está bien, que se siente mejor, que no era nada grave.

Espero que no haya sido alguna enfermedad, pero tengo una secreta esperanza de que tampoco sea una pena de amor, pues aquellas, duelen más.